Los ojos de Lucía aún estaban hinchados de tanto llorar.
—¿Cómo pudieron hacer esto? —susurró—. Son nuestros hijos…
Le tomé la mano con delicadeza.
—Quizás los criamos dándoles todo… excepto la oportunidad de aprender lo que cuesta ganárselo.
Ese mismo día llamé a Ernesto a su oficina.
Cuando llegó con una carpeta gruesa bajo el brazo, lo miré con seriedad.
—Quiero cambiar mi testamento.
Ernesto arqueó una ceja.
—¿Estás segura?
—Más que nunca.
Durante años había planeado dejarles todo a Diego y Graciela.
La casa.
Los ahorros.
La póliza de seguro.
Todo lo que Lucía y yo habíamos construido durante cuarenta años.
Pero esa tarde firmé nuevos documentos.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
