Un domingo por la mañana, mientras su hija jugaba en su habitación, Minh entró en el salón y arrojó un documento sobre la mesa. —Linh, deberíamos dejarlo aquí. Ya no te quiero.
Linh levantó la vista, extrañamente tranquila: —¿Ah, sí? ¿Estás seguro? —Sí, Han… Ella acepta vivir conmigo. No te aferres más.
Linh esbozó una sonrisa suave, una sonrisa que Minh nunca había visto. Tomó la solicitud, la ojeó y luego dijo en voz baja: —¿Estás seguro? ¿Por todo lo que está escrito aquí, quieres renegociar? ¿O añado algunas cláusulas?
Minh frunció el ceño: —¿Qué? No necesitas repartir los bienes, ¿verdad?
Linh se levantó, fue al mueble y sacó una carpeta gruesa: —Será mejor que leas esto antes de pensar que no necesito nada.
Dentro estaban los extractos de sus cuentas, las escrituras de transferencia de la casa, los contratos de compra del nuevo apartamento, grabaciones de conversaciones íntimas entre Minh y Han, e incluso fotos de ellos entrando en hoteles.
El rostro de Minh se volvió lívido. —Yo… ¿Desde cuándo…?
Linh clavó su mirada en la de él: —Desde que me traicionaste. No hablé, no por debilidad, sino porque estaba esperando; esperaba que tú mismo acabaras con la última pizca de confianza que quedaba.
Minh no pudo seguir sentado. Los papeles frente a él quemaban: cada página, cada palabra era la prueba de su estupidez. Había menospreciado a Linh durante demasiado tiempo. Pensaba que ella seguiría siendo siempre esa mujer paciente y débil, que solo sabía vivir para su marido y su hijo.
Estaba equivocado. De principio a fin.
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