Una noche lluviosa, Minh estaba parado bajo el apartamento de Linh, enviando un mensaje: «Lo siento. Te echo de menos… os echo de menos. ¿Estás bien?».
Linh lo leyó, no respondió.
Él había sido todo su universo. Ahora, no era más que una cicatriz cerrada. La mujer que tenía miedo de perderlo ya no existía. La de hoy solo teme una cosa: perderse a sí misma.
Una semana después, Minh vino a buscar a su hija. Miró a Linh de lejos: camisa blanca, pelo recogido, cogiendo la mano de Chip bajo la luz dorada del atardecer. Ni una pizca de arrepentimiento en ella.
Ya la había perdido. No el día que firmó los papeles. El día que creyó que ella no valía nada sin él.
Unas amigas le preguntaron un día a Linh: —¿Por qué no hiciste explotar todo en ese momento? ¿Ninguna crisis de celos? ¿No le arrancaste los pelos a la amante?
Linh se contentó con reír: —Las mujeres no necesitan montar un escándalo para ganar. Solo tienen que levantarse en el momento adecuado. Perdonar es una forma de bondad. Pero irse en el momento justo, eso es tener clase.
Para Linh, ese matrimonio no fue un fracaso. Fue una lección costosa, y ella pagó la matrícula.
Una mujer nunca es realmente débil. Solo espera para ver si el hombre que ha elegido vale la pena. Y cuando no lo vale, se va, en silencio, pero con la cabeza alta.
