Cuando tenía ocho meses de embarazo, mi codiciosa cuñada intentó vaciar nuestro fondo para el bebé de 120.000 dólares mientras mi marido estaba al otro lado del mundo.

Busqué mi teléfono en la mesita, pero la mano de Lorraine fue más rápida. Lo agarró y lo metió en su bolso.

"No hasta que veas las proyecciones", dijo.

"Devuélveme mi teléfono, Lorraine. Ahora mismo".

Vanessa giró la pantalla hacia mí. Era grotesco: un PDF mal formateado de un edificio medio abandonado. Las "proyecciones" no eran...

Eran solo números escritos en una hoja de cálculo de Excel, sin fuente, sin archivo, sin nada. Una estafa o, en el mejor de los casos, una apuesta descabellada.

"No te voy a dar ese dinero", dije, poniéndome de pie.

El simple movimiento me provocó un dolor agudo en la parte baja de la espalda. "Sal de mi casa. Si no te vas, gritaré tan fuerte que la señora Patterson, la de al lado, llamará a la policía".

La expresión de Vanessa se quebró. La máscara de "empresaria" se desmoronó, revelando una codicia descarada, una horrible certeza de derecho.

"Ya tengo acceso, Emma. Daniel usó mi ordenador en la cabaña el mes pasado para revisar las cuentas. Guardó la contraseña".

Volvió a la pantalla. Se me paró el corazón.

El portal del banco estaba abierto. Ella estaba en la página de transferencias.

"Estás cometiendo un delito", susurré.

"Es dinero de la familia", espetó Vanessa. "Y me quedo con mi parte".

## Capítulo 4: El Punto de Ruptura

Cargué.

Para una mujer con ocho meses de embarazo de gemelos, me moví con una velocidad desesperada y torpe. Cerré la laptop de golpe. El sonido del plástico al romperse resonó en la habitación. Vanessa gritó: casi le pillan los dedos.

"¡Perra!", gritó.

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