"No", dijiste. "Entiendo perfectamente lo que está pasando. Por eso me llamas."
Entonces diste por terminada la conversación.
Tus padres llegaron a tu apartamento esa noche.
El conserje llamó primero porque, a diferencia de tu madre, creía en advertir a la gente antes de que se metieran en problemas. Casi le dijiste que los echara. En cambio, accediste, porque algunas escenas funcionan mejor a la luz del día que en la imaginación.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor, tu madre fue la primera en salir.
Su pintalabios
Era demasiado perfecto para alguien que fingía pánico. Tu padre se veía pálido y rígido, como un hombre ofendido por las consecuencias de sus actos. Iván llegó el último, con la mandíbula apretada y la misma expresión de siempre cuando la vida le exigía que asumiera las consecuencias.
Todos miraron alrededor de tu apartamento como si la mera existencia de un lugar que habías conseguido sin ellos fuera una ofensa personal.
—¿Así que aquí estabas? —preguntó tu madre.
Te apoyaste en la encimera de la cocina. —Sí.
No dijo que fuera bonito. Claro que no. Gente como ella podría estar en Versalles y aun así sentir resentimiento si alguien más hubiera elegido el papel pintado.
Tu padre alzó el maletín del abogado en una mano. —¿Qué es todo este disparate?
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