"Sofía, ¿por qué viniste sola?"
"Porque mamá dice que si quiero un futuro mejor, tengo que aprender a afrontar las dificultades. Y... porque sé cuánto necesita este trabajo. Puedo explicárselo todo", dijo en voz baja, pero llena de convicción.
Javier se levantó, se acercó unos pasos a la ventana y pensó. Había trabajado para grandes corporaciones toda su vida. Sabía cómo funcionaban las reglas. Pero también sabía cuándo dejaban de ser justas.
Regresó a la oficina, abrió la carpeta y examinó los documentos de Laura con más atención. Todo encajaba: sólida, responsable, diligente. Una madre que, a pesar de las circunstancias, nunca había dejado de luchar.
"Sofía", dijo finalmente, "no te prometo nada... pero no voy a dejar que tu madre pierda esta oportunidad sin escuchar su versión de los hechos".
Los ojos de la niña se iluminaron.
"Entonces... ¿vas a ayudarla?" Javier respiró hondo.
"Haré algo mejor: iré al hospital y hablaré con ella en persona".
Pero en ese preciso instante, alguien llamó a la puerta de la oficina. Era un guardia de seguridad del edificio.
"Señor Ortega", dijo con expresión tensa, "tenemos un problema. Hay un hombre abajo; exige ver a la niña".
Sofía palideció.
Javier sintió un nudo en el estómago.
"¿Un hombre? ¿Cómo es?", le preguntó al guardia.
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