“Agitado, muy nervioso. Dice que la chica vino sola y que tiene que ir a buscarla inmediatamente. Se negó a dar su nombre.” Sofía se encogió en su silla, temblando.
“Es él…”, susurró. “No puede estar aquí.”
Esto lo cambió todo. Javier tomó una decisión rápida.
“Sofía, te quedas conmigo. Nadie te hará daño.”
Luego, volviéndose hacia el guardia:
“No dejes que suba. Llama a la policía si insiste.”
Cuando el guardia se fue, Javier rodeó el escritorio y se arrodilló ante la chica.
“¿Me dirás exactamente qué pasó anoche?” Sofía respiró hondo, armándose de valor.
“Mi papá regresó… borracho. Mamá le dijo que se fuera. Se enojó y… la empujó. Se cayó y se golpeó la cabeza. Yo fui quien llamó a la ambulancia.”
Una lágrima rodó por su mejilla, pero no perdió la compostura.
“Pensé que… que si mamá no venía hoy a la entrevista, todo lo que había pasado habría sido en vano.”
Javier sintió un peso en el pecho. Estaba acostumbrado a números, resultados, informes. Pero nada de eso comparado con la brutalidad de lo que le esperaba.
“Vamos al hospital”, dijo con firmeza. “Y luego tomaré una decisión sobre el puesto de tu madre.”
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