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"¿Cuándo te vas a ir por fin?", murmuró mi nuera, con una voz apenas audible.
Su cálido aliento olía a café barato. Pensó que estaba inconsciente, que solo me quedaba un cuerpo entumecido por la medicación.
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Sin embargo, no dormía. Acostada bajo esa fina manta de hospital, cada nervio estaba tenso, vibrando de alerta.
Bajo mi mano, oculto a la vista, yacía un pequeño y frío rectángulo: mi grabadora de voz. Una hora antes, en cuanto llegaron, había empezado a grabar.
"Igor, francamente, está como un vegetal", dijo Svetlana, alejándose hacia la ventana. "El médico dijo que no hay remedio. Entonces, ¿a qué esperamos?"
Oí a mi hijo soltar un largo suspiro. Mi único hijo.
"Svetlana, esto no es... apropiado. Es mi madre".
"¡Y yo soy tu esposa!", replicó con brusquedad. Quiero vivir en un piso decente, no en este desastre. Tu madre ya ha tenido su parte: setenta años son suficientes.
No me moví, respirando suavemente, fingiendo un sueño profundo. Ni una lágrima. Todo dentro de mí se había convertido en cenizas frías.
Solo quedaba esta lucidez gélida y cristalina.
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