No sé muy bien cómo empezar.
La gente te dice que hables. Que cuentes tu historia. Así que aquí estoy, dejando que las palabras fluyan como quieran.
Me llamo Iñaki Salgado. Tengo treinta y tantos años, delgado hasta parecer frágil, con ojeras permanentemente marcadas bajo los ojos. Aprendí hace mucho tiempo a parecer cansado sin quejarme. A aguantar en silencio.
Mi vida solía ser sencilla.
Mi esposa, Ximena Arriola, y yo vivíamos en una pequeña casa de adobe en las afueras de Puebla, donde las mañanas olían a buganvilias y a pan recién horneado. Éramos maestros de primaria. No teníamos mucho dinero, pero teníamos algo mejor: respeto mutuo, rutinas tranquilas y un amor tranquilo y sincero.
Todo cambió un diciembre, pocas semanas antes de Navidad.
Ximena había ido al mercado a comprar ingredientes para tamales. Un camión con los frenos fallados perdió el control en una curva mojada y la embistió. Estaba dando clase cuando llamaron del hospital. Recuerdo que la tiza se me resbalaba de los dedos antes de salir corriendo del aula.
Apenas la reconocí en la camilla.
La mujer que solía caminar rápido, reír a carcajadas con sus alumnos y cantar mientras cocinaba yacía completamente inmóvil, con los ojos abiertos por el miedo.
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