Cuidé a mi esposa paralizada durante cinco años. El día que olvidé mi billetera y regresé a casa, al abrir la puerta… me quedé sin aliento.

Una lesión grave en la columna. Parálisis parcial.

A partir de ese día, mi mundo se redujo a una sola habitación.
Me tomé una licencia indefinida de la escuela. Aprendí a levantarla sin lastimarla, a alimentarla despacio, a cambiar las sábanas, a limpiar heridas, a masajear las piernas que ya no respondían. Nuestra casa se convirtió en una clínica improvisada: vendas, medicamentos, herramientas de rehabilitación y el olor constante a alcohol y desesperación.

Mis familiares me sugirieron centros especializados. Profesionales. Instituciones.

Siempre daba la misma respuesta:

"Es mi esposa. Yo la cuidaré". Para sobrevivir, hacía pequeños trabajos de electricidad: arreglaba cableado, instalaba luces, cualquier cosa que encontrara. Llegaba a casa exhausta todas las noches, pero seguía sentada junto a su cama y leía libros viejos en voz alta. A veces hablaba de mis alumnos, de los jacarandás que florecían en primavera, de pequeños momentos de vida que esperaba que le recordaran que el mundo no había desaparecido.

Ximena apenas hablaba.

Asentía. Lloraba en silencio. Pensé que era dolor. Agravio. Amor atrapado en un cuerpo roto.

Nunca dudé de ella.

Pasaron los años.

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