“Ella lo sabía. Por eso lo dejó todo”.
Me fui a casa sin saber si llorar de tristeza o de gratitud.
Ninguna herencia podría borrar el vacío que Doña Marlene dejaría en mi vida.
Pero ese día finalmente entendí:
Ella no me dejó posesiones.
Me dejó el mayor acto de amor que alguien me haya dado jamás.
Y, a pesar del dolor, una parte de ella viviría conmigo para siempre.
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