Mis padres tuvieron que recortar gastos. Vivían de las "cuotas de administración" que Karen les pagaba. Sin ese colchón, se dieron cuenta de que los 9.8 millones de dólares se habían esfumado por completo; al menos, de su alcance. Se mudaron a un apartamento de dos habitaciones. Era cómodo, pero no era la mansión.
Lo más doloroso no fue la batalla legal; fue descubrir cuántos "parientes" estaban allí solo por la sombra de la riqueza. De las veintitrés personas presentes ese día, solo dos se pusieron en contacto después. No para pedir dinero, sino para disculparse.
"No lo sabíamos", me dijo mi tía Martha tomando un café un año después. "Simplemente creímos lo que nos dijo tu madre. Pensamos que eras tú el que armaba un escándalo".
"Yo armaba un escándalo", respondí con una pequeña sonrisa. "Estaba haciendo un escándalo por ser incontrolable. No es lo mismo."
El Último Encuentro
Un año después de aquel "Domingo en el juzgado", mi padre...
Pedí que nos viéramos en un lugar neutral: una cena tranquila, a medio camino entre mi apartamento y su nuevo piso.
Había cambiado. Había perdido peso y su arrogancia había dado paso a una lucidez cansina. Nos sentamos en una banqueta de vinilo, con el olor a café quemado y sirope de arce entre nosotros.
"Vi el informe final", dijo, mirando su taza. "El informe de los contables".
Esperé.
"No quería creerlo", murmuró. "Pensé que Karen... pensé que la había criado mejor. Pensé que era ella quien se preocupaba por el legado familiar".
"Se preocupaba por el legado familiar como por una tarjeta de crédito, papá", dije en voz baja. "No por el trabajo que cuesta construirlo".
Me miró con los ojos húmedos.
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