En una lujosa mansión enclavada en las colinas de Madrid vivía Alejandro Doval, un joven encantador e inmensamente rico. Estaba acostumbrado a tener todo lo que quería: negocios, coches, relojes de oro. Pero a pesar de toda su riqueza, le faltaba algo que el dinero no puede comprar: paz.
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Tras una ruptura muy publicitada y dolorosa con su prometida, Alejandro se había retirado del mundo. Se había vuelto frío, distante, profundamente desconfiado. Ya no creía en la bondad: a sus ojos, todo aquel que le sonreía debía de desear algo.
Entonces llegó Lucía Herrera.
Tenía veintidós años, era empleada de la limpieza en un pequeño pueblo rural. Con sus ojos color miel y su voz suave, casi cadenciosa, Lucía se comportaba con una humildad serena. Huérfana, necesitaba desesperadamente este trabajo. Todo en la mansión de Alejandro lo asombraba: los altos techos, las alfombras de terciopelo, las obras de arte invaluables, pero ella nunca tocaba nada que no fuera de su responsabilidad. Limpiaba en silencio, trabajaba meticulosamente y siempre salía con una sonrisa amable.
Al principio, Alejandro apenas la notó. Pero una noche fría, sentado solo junto a la chimenea, oyó un suave zumbido en el pasillo. Era Lucía, murmurando una vieja canción de cuna, de esas que cantan las abuelas antes de dormir. Algo en su voz lo conmovió profundamente. Esa noche, por primera vez en meses, Alejandro durmió plácidamente.
Unos días después, un amigo le advirtió en broma: «Ten cuidado con tu nueva ama de llaves. Los rostros angelicales a veces esconden malas intenciones».
Orgulloso y siempre desconfiado, Alejandro decidió poner a prueba su honestidad.
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