Dejó su reloj de oro, su billetera y su dinero en efectivo expuestos de forma prominente sobre la mesa para poner a prueba la honestidad de su ama de llaves, pero lo que sucedió después lo dejó completamente atónito.

Esa noche, fingió quedarse dormido en el sofá del salón. En la mesa de centro, justo al lado, dejó su reloj de oro más caro, su cartera abierta y un fajo de billetes. Lucía siempre venía a limpiar por la noche, y esa noche no era la excepción.

Alrededor de las diez, la puerta crujió. Lucía entró descalza, con el pelo recogido y una pequeña lámpara en la mano. Se movía con cautela, cuidando de no perturbar el silencio. Alejandro entrecerró los ojos entornados, fingiendo dormir. Esperó a que ella mirara el dinero, a que un atisbo de tentación traicionara su mirada.

Pero lo que sucedió a continuación lo asombró.

Lucía no se acercó a la mesa. En cambio, se acercó a él y le colocó con cuidado una manta sobre los hombros. Luego, con una voz apenas audible, suspiró: «Si no estuviera tan sola…».

Tomó el reloj de oro, no para robarlo, sino para limpiarlo suavemente con su pañuelo, como se trata un objeto precioso de alguien a quien se respeta. Lo volvió a colocar en su lugar exacto.

Antes de irse, dejó algo diminuto sobre la mesa: una margarita seca y un pequeño trozo de papel doblado.

Cuando ella salió de la habitación, Alejandro se incorporó, incapaz de resistir la curiosidad. En la nota, con letra temblorosa, leyó:

“A veces, quienes lo tienen todo simplemente necesitan ser vistos… como buenas personas”.

Esta frase resonó en su interior toda la noche. Dolorosa y reconfortante a la vez.

A la mañana siguiente, desde su oficina, Alejandro observó a Lucía enjuagando verduras en la cocina. Su silencio no era frialdad, era paz. No era ambición, era honestidad. Puro, tranquilo, luminoso.

Día tras día, se encontraba pensando en ella. Repitió el experimento, fingiendo estar dormido.

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