Dejó su reloj de oro, su billetera y su dinero en efectivo expuestos de forma prominente sobre la mesa para poner a prueba la honestidad de su ama de llaves, pero lo que sucedió después lo dejó completamente atónito.

Y de nuevo, ella hizo lo mismo: lo cubrió con suavidad, le susurró palabras amables y apagó la luz antes de escabullirse.

Una noche, ya no pudo fingir. Cuando ella estaba a punto de irse, abrió los ojos y preguntó en voz baja: "¿Por qué hace esto?".

Lucía dio un salto y dejó caer el paño. "¡Señor Doval! Yo... pensé que estaba dormido".

"Estaba fingiendo", admitió. "Quería ver quién era usted realmente". “

Bajó la mirada, avergonzada. “¿Me estás poniendo a prueba?”

Él asintió. “Pensé que todos querían algo de mí. Pero tú… solo dejas flores y amabilidad. ¿Por qué?”

Lucía dudó y susurró: “Porque alguien me dijo una vez que cuando te escondes tras tu riqueza, terminas rodeado de cosas… pero vacío de gente. Y tú… te ves muy solo”.

Alejandro se quedó sin palabras. Hacía años que nadie le hablaba así.

Esa noche, por primera vez, hablaron: de su pequeño pueblo, de su abuela, del olor a pan recién hecho. Le confesó sus miedos, las expectativas de su padre, su soledad. Hablaron hasta el amanecer.

Con el paso de las semanas, la mansión parecía más cálida. La fría luz se suavizó. Alejandro volvió a sonreír. Invitó a Lu…

Lucía charlaba con él durante el desayuno, le preguntaba su opinión sobre música e incluso le mostraba los correos que lo molestaban. Algo discreto pero real crecía entre ellos: no un romance fugaz, sino un respeto mutuo basado en la honestidad y una presencia tranquilizadora.

Una tarde, Alejandro entró al jardín y vio docenas de margaritas secándose al sol.

"¿Por qué margaritas?", preguntó.

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