Meses después, mientras viajaba por un pequeño pueblo costero, Alejandro vio una panadería con un letrero pintado a mano: "Margaritas de Lucía". Entró.
Detrás del mostrador estaba Lucía, con el pelo recogido y los ojos brillantes, amasando. Al verlo, se le congelaron las manos y el rodillo se le resbaló al suelo.
"Pensé que no lo volvería a ver", dijo con voz temblorosa.
"Yo también", susurró ella.
Se acercó, sacó una margarita seca de su bolsillo —una que había guardado todos estos meses— y la puso sobre el mostrador.
"Nunca me quitaste nada, Lucía", dijo en voz baja. "Pero me quitaste el miedo a abrir mi corazón".
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Y, por primera vez, Alejandro no fingió dormir. Yacía allí, completamente despierto, frente a la única persona que realmente lo había hecho sentir vivo.
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