Daniel entró a la secundaria y se convirtió en un adolescente responsable y silencioso, algo fuera de lo común para su edad. Trabajaba los fines de semana en un puesto de tacos para ayudar con los gastos, mintiendo sobre su edad. Cuando Patricia se enteró, lloró, no por el trabajo, sino por la infancia que su hijo estaba sacrificando.
Alejandro desarrolló problemas de conducta en la escuela: peleaba y se negaba a hacer las tareas. Un psicólogo de una clínica comunitaria le explicó que experimentaba un duelo ambiguo: una pérdida sin confirmación, especialmente dura para los niños.
Para 2009, tres años después de la desaparición, Patricia tuvo que aceptar que tal vez nunca supiera qué le había sucedido a Roberto. La investigación policial se archivó: otra desaparición sin resolver en una ciudad donde las personas desaparecen con una regularidad inquietante.
Doña Marta le rogó que no dejara de buscar, pero Patricia ya no tenía fuerzas ni recursos. Tenía que sobrevivir, criar a sus hijos, seguir adelante, aunque su corazón permaneciera atrapado en agosto de 2006.
Pasaron los años. Patricia envejeció de maneras que no eran solo consecuencia del tiempo: canas prematuras, profundas líneas de expresión alrededor de los ojos, un agotamiento permanente en su postura. Tuvo oportunidades de reconstruir su vida romántica, pero no pudo. Legalmente, seguía casada. Emocionalmente, una parte de ella aún esperaba que se abriera la puerta.
Daniel se graduó de la preparatoria en 2012 y consiguió un trabajo en una mueblería, posponiendo indefinidamente la universidad. Alejandro mejoró su comportamiento, pero nunca superó del todo la ausencia de su padre.
Patricia se adaptó a una rutina que la mantenía cuerda: trabajo, casa, hijos, misa dominical, visitas ocasionales a la tumba vacía que doña Marta había insistido en comprar en Guadalajara. "Para cuando lo encontremos", decía la anciana. Una fe que Patricia ya no podía compartir.
Para 2020, catorce años después, la vida había continuado como siempre. La Ciudad de México creció, cambió. Lindavista se transformó. Los hijos de Patricia se convirtieron en jóvenes adultos.
Aprendió a vivir con el dolor como compañero constante.
Y entonces llegó septiembre de 2023, 17 años después, y todo cambió de la manera más inimaginable.
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