Desaparecido durante 17 años: su ESPOSA lo vio en el banco, lo siguió y descubrió que

Sus compañeros de trabajo lo describían como serio pero amable, meticuloso con los números, siempre puntual y nunca causaba problemas. La vida en Lindavista durante aquellos años era la típica de los barrios obreros de la Ciudad de México. Las calles siempre estaban llenas de vendedores ambulantes, y el sonido de los camiones de basura se mezclaba con el de las campanas de los carros de camote por las tardes.

La familia Campos vivía en una casa de dos pisos con fachada de ladrillo rojo y un pequeño jardín al frente que Patricia cuidaba con esmero, plantando geranios y buganvillas que le daban color a la calle. Los vecinos se conocían, pedían prestado azúcar cuando lo necesitaban, cuidaban a sus hijos y charlaban en las esquinas los domingos después de misa.

Pero bajo esta apariencia de normalidad, Roberto Campos albergaba un secreto que lo carcomía, un secreto que ni Patricia, ni sus hijos, ni nadie cercano a él sospechaba. Y ese secreto estaba a punto de estallar de la forma más devastadora posible.

El martes 22 de agosto de 2006 parecía un día cualquiera. La Ciudad de México amaneció bajo su característico cielo gris de finales de verano, cuando la lluvia vespertina es casi predecible. Roberto se levantó a las 6:00 a. m., como siempre. Patricia lo oyó moverse en el baño, el sonido de la ducha, sus pasos en el pasillo. Desayunaron juntos como siempre —café y pan dulce— mientras los niños aún dormían.

Daniel tenía 10 años y Alejandro 7. El colegio había empezado hacía apenas dos semanas. Patricia recordaría más tarde cada detalle de aquella mañana con dolorosa claridad. Roberto parecía distraído, más callado de lo habitual, pero ella lo atribuyó al estrés laboral. La empresa estaba en una auditoría externa y Roberto había mencionado que estaba sobrecargado de trabajo.

Llevaba una camisa blanca de manga larga, pantalones de vestir grises y zapatos negros recién lustrados. Su maletín marrón de piel sintética, el mismo que había usado durante años, lo esperaba junto a la puerta.

"¿Estás bien?", preguntó Patricia mientras le servía más café.

Roberto levantó la vista y le sonrió de esa manera que siempre la hacía sentir segura.
"Sí, mi amor. Solo estoy cansado. Nada que un buen café no pueda arreglar".

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