Sergio inmóvil frente a la puerta cerrada… dándose cuenta de que no había perdido una discusión…
Lo había perdido todo.
Entonces colgué.
Dejé el dinero sobre la mesa y salí. El aire olía a lluvia y a pan recién hecho.
Por primera vez en mucho tiempo…
Sentí paz.
Esa mañana, no estaba protegiendo nada.
Me estaba protegiendo a mí misma.
Y finalmente comprendí algo que debí haber aprendido mucho antes:
A veces, cerrar una puerta no es cruel.
Es la única manera de sobrevivir a quienes te sonríen en tu mesa… mientras planean ocupar tu lugar.
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