Capítulo 1: El hilo que se desenreda
Se suponía que la fiesta en la piscina sería un simple tapiz de alegría: solo la familia, el calor benévolo del sol de verano, el chisporroteo de las hamburguesas en la parrilla y el sonido de la risa de mis nietos resonando en el agua.
Había pasado la mañana arreglando meticulosamente el escenario, un escenario para recuerdos felices.
Había fregado el patio hasta que las piedras brillaron, había colocado un arcoíris de toallas suaves y había llenado una hielera azul brillante con los pequeños jugos que Lily adoraba.
Mi hijo, Ryan, llegó con su esposa, Melissa, y sus dos hijos justo cuando el sol alcanzaba su cenit. Pero desde el momento en que bajaron del coche, sentí una nota disonante que atravesaba la alegre melodía del día.
Mientras su hermano mayor, Leo, salía disparado del coche como una bala de cañón dirigida a la piscina, mi nieta de cuatro años, Lily, emergió lentamente.

Sus pequeños hombros estaban hundidos, su cabeza inclinada como si llevara un peso invisible demasiado pesado para su pequeño cuerpo.
Aferraba un conejito de peluche desgastado, con las orejas deshilachadas por años de cariño ansioso.
Me acerqué con su diminuto traje de baño de flamencos en las manos, y mi sonrisa se sintió repentinamente frágil. "Cariño", le dije, agachándome a su altura, "¿quieres ir a cambiarte? El agua está perfecta hoy".
No levantó la vista. Su atención estaba centrada en un hilo suelto del dobladillo de su vestido de algodón, jugueteando con sus deditos. Una voz tenue, casi inaudible, escapó de sus labios. «Me duele la barriga…»
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