No era el que jamás hubiera deseado —un futuro con mi familia dividida, posiblemente para siempre—, pero era el que Lily y Leo necesitaban desesperadamente.
Esa noche, después de unos baños calientes y una cena sencilla de macarrones con queso, acomodé a Lily en la cama de la habitación de invitados.
La habitación donde había encontrado el valor para hablar. Mientras le alisaba las mantas, extendió la mano y me la tomó, sus pequeños dedos se enroscaron alrededor de los míos.
—¿Abuela? —susurró en la habitación en penumbra—. ¿Soy mala?
La pregunta me destrozó el corazón de nuevo, testimonio del veneno que le habían infundido en los oídos.
Me incliné y la besé en la frente, dejando mis labios allí un instante, intentando verter todo el amor y la seguridad que pude en esa caricia.
—No, cariño —susurré con voz ronca—. No eres mala. Eres buena. Y eres muy, muy valiente.
Cerró los ojos y, por primera vez en todo el día, las líneas tensas y preocupadas alrededor de su boca parecieron relajarse. Estaba a salvo. Por esta noche, y por todas las noches venideras, estaba a salvo.
Y mientras la veía quedarse dormida, hice una promesa en silencio. No sabía qué les depararía el futuro, pero sería un escudo entre estos niños y el mundo, incluso si eso significaba enfrentarme a mi propio hijo.
La lucha apenas comenzaba, pero no flaquearía. Sería su fortaleza.
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