
Una familiar preocupación me invadió el pecho. Extendí la mano para apartarle un mechón de sedoso cabello rubio de la cara, un gesto que habíamos compartido mil veces. Pero esta vez, se estremeció.
Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero se sintió como un golpe físico. Retrocedió como si esperara un pinchazo, no una caricia. Ese simple movimiento me sobresaltó más que cualquier palabra.
Lily siempre había sido una criatura cariñosa: la primera en lanzarse a mis brazos para abrazarme, la primera en tirarme de la manga y pedirme que le leyera un libro.
Esta versión vacía de mi nieta era una desconocida.
Antes de que pudiera indagar más, la voz de Ryan cortó el aire a mi espalda.
«Mamá», dijo, y la palabra fue cortante, fría y con un matiz de orden que no le había oído desde que era un adolescente rebelde. «Déjala en paz».
Me giré, frunciendo el ceño, confundida. "No la estoy molestando, Ryan. Solo intento ver qué le pasa".
Melissa se deslizó a su lado, un formidable muro de unidad paternal. Su rostro estaba tenso, su sonrisa, frágil y forzada, no le llegaba a los ojos.
"Por favor", dijo con un tono engañosamente dulce, "no interfieras. Se pone dramática. Si le prestamos atención por eso, no parará".
¿Dramático? La palabra quedó suspendida en el aire, fea y equivocada.
Volví a mirar a Lily, a cómo sus dedos se retorcían sin cesar en su regazo, su pequeño cuerpo irradiaba una miseria tan profunda que era casi visible. No estaba siendo dramática; se estaba ahogando en algo que yo no podía ver.
Intenté mantener la voz tranquila y serena. "Solo quiero asegurarme de que esté bien".
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