Una hora después, me disculpé para entrar, pues necesitaba un momento para alejarme de la tensión sofocante. La casa era un santuario fresco y tranquilo; el zumbido del aire acondicionado era un zumbido relajante en el pasillo.
Entré al baño de la planta baja y cerré la puerta, apoyándome en ella un segundo para ordenar mis pensamientos.
Mi reflejo en el espejo mostraba a una mujer que apenas reconocía: su rostro denotaba preocupación, sus ojos nublados por un temor que aún no podía identificar.
Me lavé las manos, el agua fría fue un pequeño shock que no ayudó a aclararme la cabeza.
Cuando me di la vuelta, el corazón me dio un vuelco.
Lily estaba parada allí en la puerta, un pequeño fantasma que había entrado sin hacer ruido.
Su carita estaba pálida, sus manos temblaban tanto que el conejito desgastado que aferraba parecía vibrar.

Me miró, sus ojos azules, abiertos y oscuros, pozos insondables de un miedo tan adulto que no tenía cabida en el rostro de una niña.
Ella me había seguido, buscando refugio en el único lugar donde sus padres no podían verla.
—Abuela... —susurró, y su voz era un hilo de sonido frágil y tembloroso—. En realidad... son mamá y papá...
Y entonces, como si esas palabras hubieran roto el dique que lo contenía todo, estalló en lágrimas convulsivas y silenciosas.
Capítulo 3: La Forma de un Secreto.
No lo dudé. En un instante, estaba de rodillas, abrazando a Lily con suavidad. Tuve cuidado de no apretarla demasiado, como si fuera de cristal hilado.
Se aferró a mí, su pequeño cuerpo temblando, hundiendo la cara en mi hombro. Sentía como si hubiera estado conteniendo la respiración todo el día y finalmente, desesperadamente, hubiera podido exhalar.
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