Desde que murió mi esposa, mi hija vivía en silencio. Aquella tarde llegué temprano y me paralicé al verla reír con la nueva empleada. DIUY- NANA

—Shhh, cariño —susurré en su pelo, con la voz cargada de emoción—. Aquí estoy. ¿Qué hay de mamá y papá? ¿Qué pasa?

Se apartó, secándose las mejillas surcadas de lágrimas con el dorso de la mano, con el labio inferior tembloroso. "No quiero ponerme el traje de baño".

—Vale —dije en voz baja, con la mente acelerada. Era más que un simple dolor de estómago—. No tienes por qué. ¿Pero puedes decirle a la abuela por qué?

Su mirada se posó en su vientre. "Porque... porque mamá dijo que si muestro mi barriga, la gente la verá".

Un miedo gélido empezó a calarme los huesos. "¿Qué ves, cariño? ¿Qué ves?" Luché por mantener la voz serena, una superficie plácida en un mar turbulento de miedo.

La mirada de Lily se dirigió al pasillo, con un destello de pánico puro en el rostro, como si esperara que sus padres aparecieran entre las sombras.

 Entonces, con mano temblorosa, levantó el dobladillo de su vestidito, solo unos centímetros, lo justo para que yo pudiera verlo.

Y mi mundo se detuvo.

Allí, esparcidos por la piel pálida y suave del bajo vientre y la cadera, había moretones. Manchas feas y moteadas de un verde amarillento y un morado intenso y violento.

No eran las marcas aleatorias y torpes que se hace un niño al caerse de la bicicleta o chocar contra una mesa. Eran distintivas, deliberadas.

Y un grupo, justo encima de la cadera, era inconfundible. Tenían forma de huellas dactilares.

Sentí las manos heladas. Un sabor metálico me llenó la boca. Tragué saliva con fuerza, obligándome a respirar, a contener el pánico. Tenía que mantener la calma. Por ella. Por ella.

—Lily... cariño... —Mi voz era un susurro tenso—. ¿Cómo conseguiste eso?

Inmediatamente empezó a llorar de nuevo, invadida por una nueva oleada de dolor y miedo. Negó con la cabeza con fuerza. «No debería contarlo. No debería decírselo a nadie».

—No pasa nada —dije, con una firmeza que no sentía—. Estás a salvo con la abuela. No te meterás en problemas. Te prometo, de todo corazón, que no te meterás en problemas por decírmelo.

Sollozaba, su pequeño cuerpo se sacudía por los sollozos. «Papá se enoja», susurró, las palabras saliendo atropelladamente. «Dice que soy mala cuando no la escucho enseguida. Me agarra demasiado fuerte».

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