¡Humillación total en Polanco! Despreció a su exesposa por ser “limpiadora” sin saber que ella era la dueña del vestido de un millón de dólares: una historia de karma instantáneo, lujo extremo y la lección más dolorosa que un hombre arrogante recibió frente a toda la alta sociedad de México.
El dinero puede comprar un Mercedes de último modelo y un traje italiano a la medida, pero jamás podrá comprar la clase, y mucho menos la capacidad de reconocer a una reina cuando se ha despojado de su corona.
Me llamo Alejandro. O bueno, así me presentaba en los círculos más exclusivos de la Ciudad de México, donde el valor de un hombre se mide por el grosor de su billetera y el prestigio de su apellido. Durante años, caminé por la vida creyéndome el arquitecto de mi propio éxito, convencido de que las personas a mi alrededor eran solo peldaños en la escalera hacia la cima.
Hace siete años, tomé la decisión que, en aquel entonces, me pareció la más inteligente de mi carrera. Me divorcié de Mariana. Ella había estado conmigo desde que comíamos tacos de canasta en la esquina mientras yo estudiaba mi maestría. Pero cuando mi carrera como director empezó a despegar y los eventos de gala se volvieron mi pan de cada día, Mariana dejó de “encajar”.
—Eres demasiado simple, Mariana —le dije aquel día frío, mientras deslizaba los papeles del divorcio sobre la mesa—. Eres lenta. No tienes la chispa ni la ambición que requiere la esposa de un hombre en mi posición. No estás a la altura de un director.
La dejé con una casa pequeña, una cuenta bancaria modesta y la promesa de no volver a buscarla. Me casé con mi trabajo y me rodeé de mujeres que parecían salidas de una revista: jóvenes, atractivas y, sobre todo, caras de mantener.
Siete años después, el destino decidió que era hora de ajustar las cuentas en el escenario más lujoso posible: el Centro Comercial Aurora. Es un lugar donde el aire huele a perfume francés y el suelo de mármol brilla tanto que puedes ver tu propio reflejo de suficiencia. Yo caminaba por los pasillos presumiendo a Valeria, mi nueva conquista, una mujer veinte años menor que yo que solo se fijaba en el límite de mis tarjetas de crédito.
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