Esa tarde no iba de compras. Iba a un evento de networking con los empresarios más influyentes del país. Era mi boleto al siguiente nivel del poder. Pero mientras pasaba frente a una de las boutiques más costosas de la ciudad, mis pies se clavaron en el suelo.
Frente a un escaparate que exhibía el famoso “Fénix de Fuego” —un vestido de un millón de dólares adornado con rubíes auténticos—, había una mujer. Llevaba un uniforme gris de limpieza, un trapo en la mano y el cabello recogido con una sencillez que gritaba “clase trabajadora”.
Pero había algo en su espalda. Una rectitud, una serenidad que me resultaba insoportablemente familiar. Mi corazón dio un vuelco que no supe interpretar. —¿Mariana? —solté, casi sin querer.
La mujer se giró lentamente. No llevaba ni una gota de maquillaje. El tiempo había trazado algunas líneas finas alrededor de sus ojos, pero su mirada… Dios mío, su mirada seguía siendo ese océano de tranquilidad que yo había despreciado por considerarlo “aburrido”.

Era ella. Mi exesposa, trabajando como personal de limpieza en el lugar donde yo venía a gastar mi fortuna. Una oleada de superioridad me recorrió el cuerpo. Sentí una satisfacción casi enfermiza al ver que yo tenía razón: ella nunca llegaría a nada sin mí.
Me acerqué a ella haciendo que mis zapatos de cuero resonaran contra el mármol, buscando intimidarla con mi sola presencia. Valeria se aferró a mi brazo con desprecio, mirando a Mariana como si fuera una mancha en el paisaje.
Mariana no se inmutó. Volvió a mirar el vestido rojo tras el cristal. —Es hermoso, ¿verdad? —dijo ella con una voz suave, sin pizca de envidia—. Es refinado. Tiene poder.
Solté una carcajada que resonó en el pasillo, atrayendo la mirada de algunos curiosos. —¿Te gusta, Mariana? —pregunté con una sonrisa llena de veneno—. Es natural. Es lo más cerca que estarás nunca de algo así. Puedes mirarlo todo el día si quieres, pero gente como tú, aunque trabaje limpiando este piso durante cien años, no podría pagar ni un solo botón de ese diseño. No tienes la categoría, Mariana. Nunca la tuviste.
Saqué un fajo de billetes de cincuenta pesos y, con un gesto de falsa caridad, los lancé sobre el bote de basura que ella llevaba consigo. —Toma. Cómprate algo que sí esté a tu nivel. Deja de soñar con cosas que no te pertenecen.
Mariana no recogió el dinero. Ni siquiera se molestó en mirar el bote de basura. Me miró directamente a los ojos con una lástima que me enfureció. No había odio en su rostro, solo una comprensión profunda de mi propia miseria espiritual.
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