Mariana comenzó a caminar, escoltada por su seguridad. La multitud se abrió como el Mar Rojo. Descubrí, con un dolor punzante en el estómago, que durante estos siete años, Mariana no se había quedado sentada a llorar. Había estudiado, había invertido el poco dinero que le dejé con una inteligencia que yo nunca le atribuí, y se había convertido en la accionista mayoritaria del grupo textil más grande del país.
Ella no estaba limpiando el escaparate porque fuera empleada. Estaba limpiando una pequeña mancha que nadie más había visto en SU escaparate, en SU tienda, en SU imperio.
Me quedé allí, solo, en medio del pasillo. Valeria me miraba ahora con ojos de duda, dándose cuenta de que el “gran director” era solo un fraude al lado de la mujer que acababa de despreciar. Los billetes que lancé al basurero seguían allí, burlándose de mi arrogancia.
Cinco minutos. Solo cinco minutos le tomó a la vida demostrarme que la “mujer simple” que yo abandoné era en realidad el fénix que yo nunca supe cómo volar.
Perdí a la mujer de mi vida por mi ego, y ahora estaba a punto de perder mi carrera por mi ceguera. Mariana ya no era mi esposa, ni siquiera era mi enemiga. Era alguien que habitaba un mundo donde la humildad es la verdadera moneda de cambio, un mundo al que yo, con todo mi dinero, nunca tendría invitación.
A veces, la vida te pone frente a un escaparate no para que veas lo que puedes comprar, sino para que veas lo que dejaste ir por no saber mirar más allá de la superficie.
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