Creí comprender cada rincón de la vida de mi esposo, hasta que encontré una clave que nunca antes había visto. Lo que vino después me hizo cuestionar no solo mi matrimonio, sino también al hombre al que había amado durante tres décadas.
La noche en que llevaron a Mark al hospital, todo se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.
La ambulancia. Las luces cegadoras. Palabras como "complicaciones" y "necesitamos operar de inmediato".
Me quedé con él hasta que lo empujaron a través de las puertas dobles y me dijeron que no podía seguirlo. El sonido de esas puertas al cerrarse resonó en mi interior más tiempo del debido.
Cuando el médico regresó, la cirugía había terminado.
"Salió bien", dijo con calma, como si mi mundo no se hubiera desviado de su eje. Mark permanecería bajo anestesia durante varias horas.
Me senté junto a su cama, escuchando el ritmo constante del monitor.
Se veía frágil, pálido contra las sábanas del hospital, con su anillo de bodas aún en el dedo.
"Me asustaste", susurré, aunque no me oía.
Al final, una enfermera me sugirió que fuera a casa a buscar lo esencial: ropa, artículos de aseo, un cargador. Probablemente estaría allí días.
Asentí porque hablar me parecía imposible.
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