Mi coche estaba en el taller, así que necesitaba el suyo.
Pero al volver, la casa me resultó desconocida, casi vigilante.
No encontraba sus llaves por ningún lado: ni en la encimera, ni junto a la puerta, ni en su chaqueta.
Busqué en la cocina dos veces, y luego otra, con la irritación convirtiéndose en inquietud.
"¿Dónde las dejaste?", murmuré en el silencio.
Fue entonces cuando recordé las llaves de repuesto.
Me acerqué a su lado de la cómoda, el infame "cajón de los trastos" que había defendido durante años. Recibos. Monedas sueltas. Cables enredados. Solía burlarme de él por eso.
"Algún día este cajón se tragará la casa", le decía.
"Al menos sabré dónde está todo", respondía con una sonrisa.
Esa noche, me temblaron las manos al abrirla.
Dentro había una cartera pequeña y vieja; no la suya, sino una vieja.
El cuero estaba ablandado por el tiempo, los bordes desgastados. No la reconocí. Solo eso me aceleró el pulso.
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