En Coyoacán, su hijo de 22 años, Tyler Reyes, había convertido el lugar en un basurero: cajas de pizza, latas de cerveza, ropa sucia. Le hablaba a Camila como a su padre, como si fuera su empleada, no de la familia.
Esa noche, cuando la medicación de Ethan le había embotado el sueño, Camila se coló en su estudio. Una llave escondida donde solo la costumbre podía encontrarla. Un cajón que él creía que nunca abriría.
Dentro había documentos que le revolvieron el estómago: un extracto bancario que mostraba 70.000 dólares que él afirmaba que no existían, una transferencia bancaria de 45.000 dólares a Tyler marcada como "donación" y una póliza de seguro que nombraba a Tyler como único beneficiario, con una nota sobre la necesidad de evitar que Camila "impugnara" la casa.
Lo fotografió todo, con las manos firmes y el corazón paralizado.
"Querías una criada gratis", susurró en la oscuridad. "Felicidades. Acabas de cometer tu peor error".
## CAPÍTULO 3: SALIR DE CASA SIN DECIR ADIÓS
A la mañana siguiente, Camila se movía como una máquina. Cuando Tyler le gritó que limpiara su desorden y luego le dijo con desdén: «Si no te gusta, la puerta está ahí mismo», algo en su interior se relajó.
«Tienes razón», respondió con suavidad, casi con amabilidad.
Arriba, llamó a su amiga Nora, le contó todo de golpe, con la voz temblorosa, y luego preparó una sola maleta: identificación, documentos, lo esencial. Abajo, Ethan le pedía su desayuno.
«¿Adónde vas con esa maleta?», espetó.
«La ropa», mintió Camila.
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