…Y elegí guardar silencio.
Tomé los papeles del divorcio. No los rompí. Tampoco lloré. Solo miré las firmas: el nombre del hombre que alguna vez amé y la rúbrica de la mujer que creía haber ganado la vida.
—Está bien —dije con calma—. Firmaré.
Se miraron entre sí. Vi la sorpresa en los ojos de mi suegra; esperaba que suplicara. La amante, en cambio, no pudo ocultar su sonrisa.
—Mejor así —dijo mi suegra—. Terminamos más rápido.
No notaron el leve temblor de mis labios; no era miedo, sino el esfuerzo por contener una verdad que llevaba tiempo construyendo en silencio.
Podría ser una imagen de un bebé.

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