Mi exsuegra se puso de pie.
—¿¡Tú!? ¿Qué haces aquí?
Sonreí. Sin arrogancia. Sin desprecio. En silencio, pero con entereza.
—Soy la inversionista mayoritaria —respondí—. Y a partir de hoy, tengo el control de esta empresa.
La amante abrió los ojos, incrédula. Mi exesposo palideció.
—¿Q-qué estás diciendo? —preguntó con la voz temblorosa.
Coloqué sobre la mesa los documentos: contratos, firmas, cifras imposibles de ignorar.
—Esta firma ha sido mía desde hace años —dije—. Solo que nunca lo anuncié. No usé mi apellido. Y jamás utilicé mi dinero para humillar a nadie.
La sala quedó en absoluto silencio.
Avancé hasta la cabecera de la mesa y los miré uno por uno.
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