Publiqué en Facebook una larga carta: cómo fui humillada, enviada al sillón, y cómo respondí con cartas y un video. Escribí:
“Las mujeres posparto no somos basura. El olor, el peso, son parte de dar vida—no excusas para humillar. Si sufres insultos, no calles. Deja que tus acciones hablen por ti.”
La publicación se hizo viral. Muchas madres mexicanas compartieron historias similares, algunas etiquetaron a sus esposos. Hubo escándalo en la familia de Rodrigo; incluso mi suegra, siempre dura, me llamó para disculparse por no haberme defendido.
Rodrigo ofreció terapia de pareja en una clínica de la Colonia Roma, propuso un calendario para repartir el cuidado de Emiliano los fines de semana, se ofreció a dormir en la sala mientras yo recibía tratamiento, y se inscribió en un curso para “nuevos padres” en un ONG de Guadalajara. Le puse tres condiciones:
Nada de burlas ni comentarios sobre mi cuerpo, dentro o fuera de casa.
Repartir cuidados del bebé y tareas del hogar (calendario pegado en el refrigerador).
Respetar las indicaciones médicas: nada de culparme por flojera o entrometerse en el tratamiento.
Él aceptó y firmó un “acuerdo de reglas de la casa”. Yo le di tiempo, sin prometer nada.
Un mes después, mi peso comenzó a estabilizarse, el tiroides estaba bajo control, mi piel se aclaró, el mal olor desapareció. Rodrigo aprendió a bañar al bebé, programó alarmas nocturnas, hizo las compras. Un día dejó sobre la mesa un sobre con una hoja nueva, junto a un impreso de sus antiguas palabras:
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
