“De acuerdo”, dije.
Parpadeó. “¿De acuerdo?”
“Dividámoslo todo.”
Por primera vez, dudó.
“¿Estás seguro?”
“Sí”, respondí. “Pero lo dividimos todo. La casa. Las inversiones. Las cuentas. La empresa que fundaste mientras yo firmaba como avalista.”
Una expresión fugaz cruzó su rostro.
Miedo.
Porque lo que olvidó…
fue que durante diez años, yo gestioné todos los documentos de esa casa. Cada contrato. Cada transferencia. Cada cláusula.
Y había algo que había firmado hacía mucho tiempo, cuando todavía me llamaba "su mejor decisión".
Algo que no le favorecería si todo se dividiera de verdad.
Durmió tranquilo esa noche.
Yo no.
Abrí la caja fuerte del estudio y saqué una carpeta azul que no había tocado en años.
Releí la cláusula.
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