Después de pasar seis meses cosiendo a mano el vestido de boda de mi hija, entré en la suite nupcial justo a tiempo para escucharla reír: “Si pregunta, dile que no me queda. Parece algo sacado de una tienda de segunda mano.” Tragué mi orgullo, enderecé la espalda y me llevé el vestido en silencio. Pero más tarde, ocurrió algo inimaginable…

Elena jamás imaginó que el vestido volvería a aparecer… y mucho menos de esa manera tan brutalmente pública.

Después de dejar el vestido en el maletero de su coche, Elena intentó mantener la compostura. Se ofreció a ayudar con la decoración de última hora, a acomodar invitados, a revisar detalles del catering. Era su manera de no derrumbarse. Pero por dentro, la herida seguía abierta.

Mientras tanto, en la suite, Sophie empezaba a ponerse nerviosa. El vestido alternativo que había encargado en internet no le quedaba tan bien como esperaba. El tejido era rígido, las costuras tensaban su cintura y el color, blanco frío, la hacía ver apagada. Marianne trataba de consolarla, pero la frustración iba creciendo.

—No entiendo por qué no me queda como en el anuncio —gruñó Sophie frente al espejo.

—Tal vez deberías probar el vestido de tu madre —sugirió Marianne, más por desesperación que por convicción.

—Ni loca —respondió Sophie, pero su voz ya no sonaba tan segura.

Cuando faltaban solo veinte minutos para la ceremonia, ocurrió el caos: el cierre del vestido comprado en internet se rompió. No cedió; literalmente estalló. Las costureras del hotel no daban abasto, y el reloj corría.

Fue entonces cuando alguien del personal —sin saber el trasfondo— dijo inocentemente:

—¿Y el vestido que trajo la madre de la novia? Lo vi en el coche. Es precioso. Podría ser la solución.

La mirada de Sophie cambió. Por primera vez, la soberbia se quebró. Corrió hacia el estacionamiento, encontró el coche de su madre y abrió el maletero. Allí estaba: delicado, elegante, perfectamente bordado. Sophie lo tomó entre sus manos y, por primera vez, vio lo que había ignorado: horas de trabajo, amor, sacrificio. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

El vestido le quedó perfecto. Como si hubiera sido hecho a medida… porque lo era.

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