Minutos después, la ceremonia empezó. Los invitados se levantaron cuando Sophie caminó hacia el altar. Todos murmuraron admirados.
—¡Qué vestido más hermoso!
—Parece de diseñador.
—Elena debe estar orgullosísima.
Pero Elena no estaba allí. En ese momento, estaba en uno de los bancos del jardín exterior, sola, intentando no llorar. Había decidido no participar en la entrada de su hija.
Entonces escuchó un murmullo creciente desde el salón. Algo grave. Algo inesperado. Sophie acababa de detener la ceremonia con un anuncio que nadie vio venir…
En medio del pasillo, con el bouquet temblando entre sus manos, Sophie se detuvo. El novio, Jonathan, frunció el ceño, sin entender qué pasaba. Los invitados murmuraron entre sí. La música se apagó. El silencio fue absoluto.
—Necesito decir algo —anunció Sophie con la voz quebrada.
Marianne intentó acercarse, pero Sophie levantó la mano. Era evidente que estaba luchando consigo misma.
—Este vestido… —respiró hondo— lo hizo mi madre. Tardó seis meses. Se desveló por mí. Y yo… yo me burlé de ella. La humillé. Dije cosas horribles.
Un murmullo de sorpresa recorrió la sala.
—Hoy estoy usando este vestido porque el otro se rompió, sí. Pero también porque… —sus ojos se llenaron de lágrimas— porque me he dado cuenta de que he sido una hija egoísta. Mi madre merece más que una disculpa en privado. Merece que lo diga delante de todos.
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