Y de repente, todo cobró sentido: la enfermedad inexplicable, la confusión del médico, los suplementos que Jace preparaba con tanto cariño, las llamadas a medianoche, las desapariciones de fin de semana. Incluso la demora antes de ir al hospital. El viaje lento. Cada segundo había sido calculado.
Mi bebé no había muerto por casualidad.
Jace lo había matado.
El miedo me invadió, agudo y urgente. ¿Y si regresa ahora? ¿Y si el plan no está terminado?
—Nira —dije en voz baja, intentando mantener la calma—, pulsa el botón de llamada.
Lo hizo.
Una enfermera entró unos instantes después. —¿Sucede algo?
—Llama a la policía —dije—. Ahora mismo.
Dudó un instante. —Por favor, cálmate…
—Mi marido está intentando matarme —dije con voz temblorosa pero firme—. Tengo pruebas.
Le entregué la tableta.
Mientras observaba, su rostro palideció. La sorpresa se convirtió en horror. —Llamaré a la policía inmediatamente —dijo, saliendo corriendo.
Nira me apretó la mano. —Tranquila, mami. Yo te protegeré.
Sus palabras me destrozaron, pero esta vez, algo más surgió junto con las lágrimas.
Esperanza.
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