Miré las estrellas. «Creo que sí. Y creo que nos cuida».
Reflexionó un momento. «¿Crees que está feliz de que te haya protegido?».
Sonreí entre lágrimas. «Muy feliz. Debe estar muy orgulloso de su hermana mayor».
«Siempre te protegeré, mamá», dijo.
La abracé con fuerza. «Y ahora es mi turno de protegerte».
Pasó un año. La vida se volvió tranquila. Los fines de semana, hacíamos picnics en el parque, y la risa reemplazaba el miedo. Al ver a Nira correr por el césped, comprendí: la familia no se define por lazos de sangre ni títulos. Se define por el amor, la protección y el sacrificio.
Jace había sido mi esposo, pero nunca fue de la familia.
Nira sí.
“¡Mamá, mira!”, me dijo un día, dándome flores.
“Son preciosas”, respondí, besándole la mejilla. “Eres mi tesoro”.
Al atardecer, caminamos a casa de la mano.
“Te quiero, mamá”.
“Yo también te quiero, Nira”.
Sin importar lo que nos depare el futuro, juntas somos más fuertes que cualquier mal. El vínculo entre una madre y su hija es inquebrantable.
Cuando apareció la primera estrella, creí que era mi niña cuidándonos. Y en mi corazón, susurré: Gracias. Tu hermana me salvó. Ahora estoy bien.
Seguimos adelante, hoy, mañana y siempre, eligiendo una vida de valentía, amor y esperanza.
Y me pregunté:
Si la persona en la que más confías intentara destruirte por dinero, pero tu hijo arriesgara todo para salvarte, ¿volverías a confiar en ella, o construirías un mundo destinado únicamente a protegeros a vosotros dos?
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