Todas esas noches que no volvió a casa.
Todas esas excusas torpes.
Todas las veces que Lucía preguntó: “Mamá, ¿por qué papá no cena con nosotros?”
El peso que había cargado durante doce meses se alivió en ese momento.
“¿Cuándo hiciste esto?”, preguntó débilmente. “¿Por qué?”
“Porque no soy ingenua”, respondí. “Lo sospeché desde el momento en que se embarazó. Quería que entendieras que la mujer a la que venerabas tampoco te era fiel.”
Se hundió en la silla, atónito.
“Ya solicité el divorcio”, continué. “Mi abogado lo ha arreglado todo: bienes, custodia. No hay necesidad de rogar esta vez. Me voy. Quedarme solo nos perjudicaría a Lucía y a mí.”
Me alejé, cerrando la puerta del dormitorio ante el sonido de sus sollozos entrecortados.
Lucía durmió plácidamente a mi lado. La abracé y sentí algo que no había sentido en años.
Ligereza.
Esa noche, la lluvia caía suavemente sobre el balcón. Sentí como si la ciudad se limpiara sola, igual que yo lo estaba borrando de mi vida.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
