Unos meses después, Lucía y yo nos mudamos a un apartamento más pequeño y soleado cerca de un parque tranquilo. Volví al trabajo, retomé proyectos olvidados, reconstruí mi independencia paso a paso. Carlos llamó y me envió largas disculpas. Las borré sin enojo.
Una tarde, Lucía corrió hacia mí después del jardín de niños, sosteniendo un dibujo.
Nos mostraba solo a nosotras dos bajo un cielo azul brillante.
Sin sombras.
Sin terceras figuras.
Solo paz.
La abracé fuerte.
No tuve el final de cuento de hadas que alguna vez imaginé.
Pero obtuve algo mejor.
Dignidad.
Libertad.
Y la certeza de que mi hija crecería viendo a una mujer que sabía exactamente cuándo decir basta.
Algunas historias no terminan con romance.
Terminan con paz.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
