Dos adultos que enfrentaron sus errores.
Una niña criada sin el silencio como castigo.
Y una mujer que ya no temía estar sola. La gente de Manila dejó de mirarme con lástima.
Y aunque no lo hubieran hecho…
Ya no habría importado.
Porque esta vez, no era la esposa abandonada de nadie.
Fui la mujer que caminó sobre el fuego, dio a luz en las cenizas y se eligió a sí misma, sin disculparse.
Y ese, para mí,
fue el verdadero final feliz.
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