Después del divorcio, escondí a su hijo… hasta el día del parto, cuando el médico se bajó la mascarilla y me dejó sin palabras…

Dos adultos que enfrentaron sus errores.
Una niña criada sin el silencio como castigo.
Y una mujer que ya no temía estar sola. La gente de Manila dejó de mirarme con lástima.

Y aunque no lo hubieran hecho…

Ya no habría importado.

Porque esta vez, no era la esposa abandonada de nadie.

Fui la mujer que caminó sobre el fuego, dio a luz en las cenizas y se eligió a sí misma, sin disculparse.

Y ese, para mí,

fue el verdadero final feliz.

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