Después del funeral, fui al banco a cobrar mi herencia y descubrí que todo era mucho más complicado.

Dentro había un contrato: una pequeña empresa perteneciente a Pavel Andreevich se registraba a su nombre. Resultó que ella era la titular de los derechos sobre algunos de los bienes, no sobre todos, pero sí sobre los suficientes para vivir cómodamente. Además, tenía acceso a una caja de seguridad.

En la memoria USB había una grabación de vídeo.

—Esta es una grabación que Pavel Andreevich hizo dos días antes de su muerte —dijo el notario secamente—. Pidió que se reprodujera en su presencia y en la de un testigo. Puedo ser testigo.

Dasha asintió.

Pavel Andreevich apareció en la pantalla. Pálido, pero vivo. Miró directamente a la cámara.

—Dasha —dijo—, si estás viendo esto, significa que me he ido. Y eso significa que mis hijos han empezado a presionarme.
Escucha con atención. Te dejé los bienes a través de la empresa para protegerte de sus ataques. Pero hay algo más. Lo más peligroso.
Mi socio, Gromov... robó dinero del fondo. Quería culparme. Tengo pruebas: documentos en una caja de seguridad. Si muero, intentarán destruirlos. Así que te pido: busca un abogado. No cualquier abogado. Y entrega los documentos al investigador si empiezan a amenazarte.
Y una cosa más: Marina Levina está jugando a dos bandas. Está de su lado. Pero le teme más a Gromov que a la ley. Y esa es tu ventaja.

El vídeo terminó. Dasha se quedó sentada, como si le hubieran dado un golpe. Su marido había muerto, dejándola no solo con dinero, sino también con un peligro real, adulto, criminal.

Vorontsov suspiró.

—Daria Sergeyevna, ¿entiendes ahora por qué Pavel Andreevich lo complicó todo?

Dasha asintió. Le temblaban los labios.

—Entiendo.

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