"Sus... hijos. Y su representante. Ya estaban aquí esta mañana."
La palabra "hijos" la golpeó en el pecho. Dasha sabía que Pavel Andreevich tenía un hijo y una hija adultos de su primer matrimonio. Rara vez hablaba de ellos; siempre con sequedad, como si estuvieran hablando del pasado, algo que no quería revivir.
"Llevan mucho tiempo viviendo sus propias vidas", repitió. "No interfieras. Me encargaré de todo yo mismo".
Dasha sintió que el sudor le corría por la cara bajo el velo negro.
"Pero... él prometió...", susurró.
"Entiendo", la empleada le deslizó con cuidado el papel. "Necesita contactar con un notario. Y... quizás con un abogado. Por ahora, solo puedo emitir cantidades que no estén sujetas a la congelación. Estos son... los fondos mínimos para funerales y gastos corrientes".
Dasha miró la cifra y se quedó sin palabras. No era "todo tuyo". No era prácticamente nada comparado con el estilo de vida que Pavel Andreevich le había dado en los últimos años.
"¿Cuánto... queda disponible?" La voz de Dasha era apenas audible.
La empleada mencionó la cantidad. Dasha sintió que su rostro se ponía pálido. Podría vivir con ese dinero un mes, dos, pero no en el mundo donde su marido compraba cuadros caros y decía: "Es una inversión, Dashenka".
Salió del banco como si nadara en agua fría. Una mujer con traje formal la alcanzó en la escalera.
"¿Daria Serguéievich?", preguntó con brusquedad. "Me llamo Marina Levina y represento los intereses de la familia de Pável Andréievich. Necesitamos hablar".
Dasha levantó la vista y, por primera vez, se dio cuenta de que su duelo apenas comenzaba. Solo que ahora no se trataría de la muerte, sino de la verdad.
Etapa 2: Encuentro con la "familia" que no había venido a llorar.
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