"Daria Serguéievna, te lo diré sin rodeos. Si firmas una renuncia a los derechos sobre los bienes en disputa, los niños no volverán a plantear la cuestión de declarar el matrimonio una farsa."
Dasha levantó la mirada bruscamente.
"¡¿Qué?!"
"No te estoy acusando", la voz de Marina se mantuvo serena. "Te lo advierto. En el juicio, hablarán de la diferencia de edad, de la duración del matrimonio, de que llegaste a su vida cuando ya estaba débil... Es desagradable. Pero posible."
Dasha se sintió mal. Por un segundo, se vio realmente desde fuera: una joven esposa junto a un anciano rico. Y se dio cuenta de lo fácil que es para la sociedad creerse una historia sucia.
"Tuve un matrimonio de verdad con él", susurró. "Lo cortejé. Estuve ahí para él. Lo amé."
Marina se recostó ligeramente.
"El amor no cancela los documentos. Y aun así..." Sacó una hoja de la carpeta. "Aquí está el contrato. Fírmalo y tendrás el apartamento sin discusiones y el pago. Si no firmas, empezará."
Se avecina la guerra.
Dasha miró la hoja. Firmar significaba aceptar el papel de "viuda conveniente", a quien le darían lo mínimo, solo para no estorbar.
Y entonces el rostro de Pavel Andreevich brilló en su mente: no moribundo, sino vivo. Como dijo una vez, riendo: "Dasha, lo tengo todo bajo control. Nadie te hará daño".
"No firmaré", dijo Dasha en voz baja.
Marina arqueó las cejas.
"¿Estás segura?"
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