El timbre volvió a sonar, con insistencia.
"¡Daria Serguéievna!", la voz masculina tras la puerta era formal y educada. "Abre. Tenemos documentos".
Dasha se acercó lentamente a la puerta, sin abrirla, y preguntó:
"¿Quiénes son ustedes?"
"El servicio de seguridad de la empresa de Pavel Andreevich". Actuamos en nombre de los herederos. Necesitamos hacer un inventario.
Sus dedos se apretaron en el pomo de la puerta. Un inventario es el comienzo de un desalojo. Es el comienzo de lo que Marina llamaba "la guerra".
Y entonces Dasha recordó algo más: Pavel Andreevich siempre decía que en esta casa "todo queda grabado". Miró el pequeño panel de la esquina. Cámaras. Sistema de domótica. Si dejó una carta... quizá también dejó el acceso.
Retrocedió un paso, abrió el armario junto al cuadro eléctrico y encontró un bloc de notas con contraseñas. En la primera página, escrito con claridad: "Dasha - Acceso principal".
Contuvo el aliento.
Introdujo la contraseña en el panel. La pantalla cobró vida. Las cámaras mostraban a dos hombres, y detrás de ellos, a Marina Levina. Estaba un poco apartada, hablando por teléfono y sonriendo, como si ya hubiera tomado una decisión.
Dasha se enderezó.
"No abriré la puerta", dijo en voz alta, para que la cámara grabara. "Todas las preguntas pasan por mi abogado y... Notario."
Hubo un breve silencio tras la puerta. Luego la voz se volvió más áspera.
"Daria Serguéievna, no tiene derecho a interferir. Llamaremos a la policía." Dasha sintió miedo... y de repente, la calma la envolvió. Encendió la grabadora y dijo:
"Llámenlos. Y que la policía también lo grabe todo."
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