El muchacho bajó la mirada, titubeando:
—“Yo… no tengo casa. Estoy buscando a mi familia…”
Ella se sobresaltó. Un niño sin hogar, vagando bajo la tormenta, buscando parientes… debía de haber una larga historia detrás. Pero antes de que pudiera indagar más, el chico alzó la cabeza, con los ojos brillantes, y se quedó mirando fijamente una fotografía antigua en el altar. Era la foto de Lucía, tomada cuando aún usaba uniforme blanco en la preparatoria.
El niño extendió la mano temblorosa, señalando:
—“¡Es ella… justamente ella! Yo… estoy buscando a mi hermana.”
Doña Carmen quedó petrificada. Su corazón comenzó a latir con fuerza. ¿Cómo podía aquel muchacho pobre, desconocido, reconocer la foto de su hija? ¿Quién era realmente? ¿Por qué la llamaba hermana?
Afuera, la lluvia seguía cayendo con furia. Pero dentro del corazón de la mujer, se había desatado una tormenta aún mayor.
El niño, con voz baja, continuó:
—“Me llamo Diego. Mi mamá me dijo antes de morir que yo tenía una hermana llamada Lucía, que trabajaba en la ciudad. Ella falleció hace dos años. Antes de partir, me pidió que buscara a mi hermana… He caminado de pueblo en pueblo preguntando, pero nadie sabía nada. Hoy, no puedo creer que la encontré aquí en una foto.”
Doña Carmen se desplomó en una silla, con los recuerdos de hace quince años arremolinándose en su mente.
Lucía, con apenas dieciocho años, se había enamorado de un hombre desconocido que conoció en el tianguis del pueblo. Nadie sabía bien de dónde era. El romance fue fugaz, lleno de promesas. Hasta que un día Lucía huyó con él, dejando a su madre sumida en la desesperación. Más de un año después, volvió demacrada, con los ojos apagados y un embarazo avanzado. Doña Carmen la recibió entre reproches y lágrimas. Tras dar a luz, el hombre se llevó al bebé y desapareció. Lucía, rota pero decidida, se quedó a trabajar un tiempo en el pueblo, hasta que partió a la capital. Nunca volvió a hablar de ese pasado.
Doña Carmen siempre creyó que aquel niño había desaparecido con su padre para siempre. Y ahora lo tenía frente a ella.
—“Dios mío… ¿De verdad eres su hijo?” —murmuró la mujer con lágrimas en los ojos.
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