Etapa 1. La segunda hoja: la dacha que "de repente" se convirtió en mía.
...Le puse el documento delante para que pudiera leer el encabezado y las primeras líneas.
"La dacha también es mía", repetí, más tranquila de lo que esperaba. "Mamá me la dio en el 97. La escritura. Aquí está."
Andrey parpadeó varias veces, como si intentara quitarse la foto de las gafas.
"Pero... ¡invertimos en ella! Invertí en el tejado... Invertí en la valla..."
"Invertimos", asentí. "Y recuerdo cómo cargabas cada tabla como si estuvieras construyendo un 'nido familiar'. Pero legalmente, soy yo la dueña. No 'nosotros'. No 'tú'. Yo."
Alcanzó el papel, ya sin irritación; sentía una desesperación casi infantil. No se lo di. No porque temiera que lo rompiera. Porque vi que si se lo daba, pensaría que era negociable. No había nada que discutir.
"Lida, eso es injusto", exhaló. "Lo estabas ocultando. Eso es manipulación".
"¿Injusto?", reí entre dientes. "¿Sabes qué es injusto? Cuando un hombre vive en una casa donde mi madre es la casera desde hace veintiséis años y nunca pregunta a nombre de quién está registrada. Porque le convenía pensar que todo era suyo. Igual que era mío".
Abrió la boca para protestar, pero levanté la mano.
"Querías 'según la ley', es la ley. Nada de histeria. Nada de 'por los niños'. Nada de 'intentémoslo de nuevo'. Ya lo intentaste... con la chica del departamento".
La palabra 'chica' le dolió. Se sobresaltó como si quisiera levantarse, pero volvió a sentarse; la silla crujió lastimeramente.
"¿Me estabas mirando?"
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