Epílogo. La carta de mamá y un nuevo punto de apoyo
Una semana después, volví a sacar el sobre de mamá. No por el dinero. Por la carta de esa noche, no pude terminar de leer; me temblaban demasiado los dedos.
«Lidochka», escribió mamá, «si estás leyendo esto, significa que lo estás pasando mal. Pero recuerda: duro no significa malo. Eres amable, y por eso te pedirán que estés cómoda. No confundas la amabilidad con la obligación de tener paciencia».
Me senté en la cocina y lloré, en silencio, sin sollozos. No de pena. De alivio. Porque incluso después de que mi madre se fuera, no solo me dejó los metros cuadrados y los papeles, sino, lo más importante, el permiso.
Andrey llamó esa noche. Su voz sonaba cansada, tensa.
"Lida... firmé tu acuerdo con tus términos".
"De acuerdo", dije.
Hizo una pausa.
"¿De verdad... crees que soy malo?"
Miré por la ventana. En el jardín, unos niños estaban construyendo un muñeco de nieve: tosco, gracioso y con vida.
"Creo que ya has tomado tu decisión", respondí. "Y ahora vive con ella".
Colgué y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de salvar a nadie.
Un nuevo inventario de bienes yacía sobre la mesa, ya firmado. Junto a él, el testamento de mamá. Y en algún lugar entre esas dos hojas de papel, tan diferentes, comenzó mi vida.
Sin preguntar. Sin excusas. Sin miedo.
Simplemente, mía.
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