"No, Andryusha. Simplemente dejé de ser ciega". Etapa 2. La tercera sorpresa: el coche y ese "depósito"
Andrey seguía sosteniendo la lista en las manos, como si fuera un ancla que mantuviera su versión de la realidad.
"El coche es mío", dijo con terquedad, como un niño que se niega a renunciar a un juguete.
"Vamos a comprobarlo", dije, sacando la siguiente hoja.
Arqueó las cejas.
"¿Es otro testamento?"
"No. Es un contrato de compraventa. Y la matriculación. El coche está a mi nombre. Insististe, ¿recuerdas? "Así el seguro sale más barato". Te encantaban palabras como "más rentable", "racional", "no tiene sentido pagar de más".
Miró el documento como si hubiera aparecido la letra de otra persona.
"Pero yo pagué..."
"Pagamos", corregí. "Y de nuevo: 'por ley': los bienes adquiridos durante el matrimonio se dividen. Solo hay una pega: ya has excluido la mitad de la lista al declararla 'mía'. Pero, sinceramente, tendrá que dividirse de otra manera.
Coloqué el documento junto a su hoja. Él ordenó la pila mecánicamente, como si ordenar los papeles pudiera devolverle el orden a su vida.
"Y el depósito..." Andrey tragó saliva. "La mitad del depósito es tuyo. Tal como escribí."
"Un depósito... sí, conjunto", asentí. "Pero no terminaste el resto. Tu 'depósito' no es solo una cuenta."
Levantó la vista y algo familiar brilló en sus ojos: la misma cautela, la misma cautela que tenía de joven, intentando adivinar cuánto sabía yo si se quedaba hasta tarde 'en el trabajo'.
"¿Qué intentas decir?"
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