"Me confundí... fue cuando confundí las claves", dije en voz baja. "Y tú estabas construyendo una nueva vida usando la mía." Y quería que le pagara para librarse de tu actuación.
Lo vi buscando frenéticamente el tono adecuado: lástima, amenaza o el típico "hablemos con normalidad".
"Podemos llegar a un acuerdo", consiguió decir por fin. "No tenemos por qué llevarlo a juicio."
"Lo haremos", asentí. "Pero no como lo escribiste. Así es como es justo.
Y por primera vez en toda la noche, esa palabra —"justo"— no sonó a burla, sino a sentencia.
Etapa 4. Un intento de presión, y cómo, por primera vez, no me inmuté.
Se frotó las sienes.
Entonces, de repente, levantó la cabeza.
"¿Crees que eres el único tan listo?" Su voz se endureció. "¿Crees que voy a dejar que te lo lleves todo? Yo... Puedo impugnarlo. El testamento, la escritura de donación... todo. Diré que mamá estaba loca, que la engañaron."
Lo miré y me asaltó una extraña sensación: antes, esas frases me habrían hecho temblar. Habría empezado a poner excusas, a dar explicaciones, a demostrar mi "bondad". Pero ahora, todo dentro estaba vacío y tranquilo, como un lago helado.
"Inténtalo", dije. Mamá trabajó en el juzgado toda su vida. Sabía cómo redactar documentos para que no fueran "disputados". El notario verificó su estado. Hay certificados. Hay testigos. Hay una grabación de la visita. ¿Y sabes qué? Me alegra que lo menciones. Porque entonces el juzgado también mencionará tus transferencias a la segunda cuenta. Y el préstamo. Y la forma en que intentaste transferir tus bienes.
Abrió la boca y luego la cerró. No encontraba las palabras.
"Has cambiado", dijo con voz apagada.
"No", respondí. "He vuelto a ser yo mismo. Antes solo era conveniente".
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